Gran Vía

 

La idea de ir a fotografiar la calle Gran Vía nace de una desconexión que he sentido al volver a transitarla. Ha pasado de ser un lugar al que iba frecuentemente de adolescente, al cine, con amigxs, de ser un lugar en el que me encontraba agusto, a ser un lugar en el que me siento un poco marciano y al que sólo puedes ir si vas de compras o a ver un musical, cosas que no hago.

Desde ese punto de vista, me apeteció fotografiar un lugar que ya no me gusta con una mirada crítica al consumismo, al lujo, a la cultura de masas vacía de contenido y a la cultura del móvil, a través del retrato de la gente que por allí anda. Pero al volver a casa y ver las fotografías, ver a la gente en las imágenes, personas desconocidas con las que se establece una relación a través de un instante congelado, me pregunté: ¿quién soy yo para criticar a la gente? ¿Acaso estoy yo fuera del consumismo, de la moda? ¿No soy yo también parte de eso que no me gusta y quiero criticar?

Si ya no me siento agusto en la calle Gran Vía no es por la gente, sino por las decisiónes politicas de construir ciudades consumibles pero no habitables; lugares de paso donde ir a gastar el dinero, sin margen para la improvisación o la sorpresa fuera de los circuitos comerciales. La plaza de Callao es un lugar que se alquila a empresas para que hagan publicidad disfrazada de servicios, no un espacio para la vida, entendida como la relación entre las personas que habitan un lugar, y los resultados de esos encuentros.